BIOLENTOS

Ahora que los animales andan sueltos y nosotros en nuestra madriguera, tal vez sea buen momento para seguir reflexionando sobre esta idea de la quietud y que al parecer ha dejado algo inquietos a algunos de los amigos y amigas de este blog.
Esa inquietante quietud de la que hablaba requiere algunas matizaciones.
Yo entiendo la quietud como ese estado en el que, por circunstancias externas o internas, nos vemos obligados y empujados o estimulados, a dejar de seguir nuestra actividad habitual con su conglomerado de rutinas, horarios, motivaciones y andanzas.
La situación de confinamiento obligado es una buena muestra de esa quietud sobrevenida por circunstancias externas. En mi trabajo como terapeuta  a menudo las personas que piden ayuda han sido espoleadas por otras circunstancias: el reposo de un esguince que se alarga más de la cuenta, cuidar de una persona muy dependiente, quedarse sin trabajo, en el paro...Y ese nuevo escenario de quietud les ha hecho transitar hasta la inquietud.
Es un proceso de fuera hacia dentro.
Y otra vez se inicia el ciclo cuando , desde dentro, la inquietud reclama un nuevo tiempo de quietud.
Son los momentos en los que el lenguaje nos delata diciendo expresiones como "tengo que parar", "necesito parar y ordenar mis ideas", o remiten a lo que ya no es, a lo muerto "ese ya no soy yo, necesito ser otra persona", "no me reconozco".
Hasta podemos escuchar, con orejas de zahorí, como algunas personas deambulan en su día a día sin saber que ya no son, "estoy como zombi" dicen algunos, y sus amistades "es él pero ya no es él" hacen una perfecta descripción del que renuncia al crecimiento personal y autoconocimiento que nos regala la quietud activa.
Visto así la inquietud es la señal (muchas veces física) de la necesidad imperiosa de quietud, de hacer un paréntesis solemos decir, un ceda el paso...
Lo vivo y lo muerto, lo quieto suspendido y lo constantemente agitado.
Les cuento una anécdota. Ya saben que hace unos años, CSI fue una serie de televisón de referencia y que marcó toda una tendencia en el género, inauguró una corriente  de narrativas del misterio donde el verdadero protagonista era el finado y no tanto los vivos como hasta ese momento venía siendo la norma.
Así que durante muchas noches nos familiarizamos con autopsias, forenses y demás investigadores de la quietud. Pero era tal la vida extraída de un pelo o de un hilo que hasta los cadáveres parecían más vivos que los vivos verdaderos.
Y la anécdota. Un día visitaba a mi octogenaria madre y me la encontré haciendo zaping frenéticamente. Ya harta, apagó el televisor y me dijo: Hijo, ¿ya no hacen películas de vivos?.
Pues eso.
No está de mas recordar qué nos pasaba con esto de la quietud antes de esta extraña época actual de la gran Quietud o Inquietud.
Antes de todo esto lo que nos pasaba era que íbamos muy rápido, acelerados de manera dramática y a pesar de los avisos externos e internos que nos llegaban. El culto a lo quieto, a lo muerto como lo que hay que escudriñar o de lo que hay que huir. Ya estaba ahí.
Lo que nunca había pasado es este parón mundial, esta generación de inquietud que los balcones, los aplausos y los silencios intentan aplanar, sublimar o barrer disimuladamente bajo la alfombra.
Hay una constatación, una evidencia irrenunciable: somos, y es bueno que lo recuperemos, somos LENTOS.
A mí me gusta decir que hemos de ser Deliberadamente Lentos, que no quietos. Nos lo pide la naturaleza y nuestra biología.
Somos BIOLENTOS, y el abandono progresivo de esta dulce velocidad, la dejadez de nuestra sabia e intrínseca biolentitud nos convierte en Violentos. 
De lo Violento a lo Biolento. Este es el reto de hoy en día.
Mi buena amiga riojana Natalia (gracias compañera),  psicóloga inquieta y pensadora creativa, se animó a visualizar este concepto de la biolentitud en uno de sus dibujos, una serie que por aúnar lo visual con lo filosófico se llaman Filografías.
Con ello os dejo. Obsérvenlo lentamente.

                                                  Filografía de Natalia García (2019)

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